jueves, 25 de febrero de 2010

Cuando asomó por la boca del pozo tenía los ojos abiertos, los labios amoratados y la piel blanco invierno,
palida solo como la muerte.

La vieja tambien palideció.
Se acercó un par de metros,
muy lento y con la boca entreabierta.
En una mueca.

Y nada más quiso tocarlo;
extendió un dedo delgado, de su mano cadaverica,
se lo acercaba despacio,
muy despacio,
tanto que el tiempo en ese momento pareció desdibujarse,
hasta su maxima tensión,
como la ultima milesima,
retrasada desde hace millones de segundos.

Un milimetro antes de que lograra siquiera rozarle el niño estalló en una convulsión tal que por poco y provoca que le suelte de vuelta al pozo.

Ella retrocedió, como asustada.

El siguió tosiendo y vomitó;
un charquito de agua y una misteriosa monedita de oro.

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