sábado, 27 de marzo de 2010

De pronto apareció por uno de los pasajes del patio 29 un tipito delgado, con el pelo no se si medio engominado o francamente grasoso. Iba con unas florcitas medio mustias, pero llenas de un languido encanto cuando se detuvo frente a una cruz. Las dejó caer al suelo al tiempo que se le saltaban los ojos y entreabría la boca. Cualquiera hubiera dicho que tropezó con el diablo.
O quizas con su propia tumba,
de tipito empobrecido,
abrazado por la muerte antes de que conociera la vida.

sábado, 20 de marzo de 2010

La viejita estaba sentada ahí cuando se le acercó este tipo; un tipo de pelo negro greñudo, larguisimo, pajoso, la barba crecida y las ropas sucias. Polerón negro y jeans, el pelo amarrado sobre su escueta anatomía. Llevaba un sospechoso maletín.
¿Sabe que, abuela? - Le dijo sentandose a su lado.
Ella la miró con los ojos como de huevo, sin entender ni un solo movimiento.
Me obsesiona tu vejez. - Le confesó sincero al oído.
La viejita palideció y en un respingo alarmado abrió la boca reseca como para decir algo, o quizas para gritar, pero asi quedó.
Boquiabierta.
Con los ojos como de huevo.
Sacó una enorme camara vieja del bolso y el desgraciado la filmó, en una banca de la plaza.
Ninguno de nosotros creyó que estaba realmente muerta, oficial...
hasta que la vimos por la tele.
Estaba callado cuando llegué y así estuvo un buen rato. Me saludó amable con una sonrisa y su mano en mi cintura...con naturalidad, sin aturdirse... quise decirle algo más que hola.
Seguía callado. Se levantó y se rellenó un vaso; volvió a sentarse. De pronto se me ocurrió que quizás estaba drogado y se había atrapado.
Con una leve sonrisa, casi imperceptible, medio falsa medio mueca, seguía nuestra conversación con la vista. De cualquier modo no me parecía que nos escuchara, tenía la mirada, por instantes... desbocada.
Despreocupaba su vestimenta, cero indumentaria, el pelo medio pajoso, medio opaco, quizás dañado, quizás un poco sucio. Del resto se veía limpio e incluso saludable, al menos fisicamente. Tenía buen cuerpo. Encendió un cigarrillo y a breves intervalos sorbía un cuba libre.

viernes, 19 de marzo de 2010

Despues de varios vasos se levantó como medio perdido y cruzó la sala entre nosotros. No estaba ni cerca de parecer borracho, pero yo lo veía - o al menos lo creía - afectado. Yo no había bebido aún ni mi tercer vaso y cuando salió del baño me sorprendí esperandolo; traía la cara lavada y los ojos medio vidriosos, pero despiertos. Se acercó y evité por verguenza mirarlo, pero apoyó su mano sobre mi hombro, despreocupado, al pasar de vuelta. En ese momento exacto, cuando me tocó, me recorrió un impulso escalofriante desde la zona de contacto hasta las posaderas, que casi imperceptiblemente levitaron suavemente desde mi asiento justo en ese momento.
Felizmente el asunto pasó más bien desapercibido para los parroquianos, sin embargo, como es de suponer, el si lo notó y no pudo más que hacermelo saber. Se detuvo momentaneamente junto a mi, lo suficiente como para obligarme a mirarlo a los ojos y entonces no supe que hacer. Simplemente me miró, directo e interrogante, y mi cara le respondió por mi. Nada más sus pequeños ojos castaños posaron su calida mirada vidriosa sobre mi mirada medio servíl y avergonzada y se me subieron los dos vasos y medio a la cara en un rubor rosa intenso que por poco y me chamusca las pestañas. El contraargumentó con una sonrisa, que me hizo desvanecer, y prosiguió hasta su silla.
Despues de eso, entre sorbos de uno y otro vaso, no dejó de mirarme.