Despues de varios vasos se levantó como medio perdido y cruzó la sala entre nosotros. No estaba ni cerca de parecer borracho, pero yo lo veía - o al menos lo creía - afectado. Yo no había bebido aún ni mi tercer vaso y cuando salió del baño me sorprendí esperandolo; traía la cara lavada y los ojos medio vidriosos, pero despiertos. Se acercó y evité por verguenza mirarlo, pero apoyó su mano sobre mi hombro, despreocupado, al pasar de vuelta. En ese momento exacto, cuando me tocó, me recorrió un impulso escalofriante desde la zona de contacto hasta las posaderas, que casi imperceptiblemente levitaron suavemente desde mi asiento justo en ese momento.
Felizmente el asunto pasó más bien desapercibido para los parroquianos, sin embargo, como es de suponer, el si lo notó y no pudo más que hacermelo saber. Se detuvo momentaneamente junto a mi, lo suficiente como para obligarme a mirarlo a los ojos y entonces no supe que hacer. Simplemente me miró, directo e interrogante, y mi cara le respondió por mi. Nada más sus pequeños ojos castaños posaron su calida mirada vidriosa sobre mi mirada medio servíl y avergonzada y se me subieron los dos vasos y medio a la cara en un rubor rosa intenso que por poco y me chamusca las pestañas. El contraargumentó con una sonrisa, que me hizo desvanecer, y prosiguió hasta su silla.
Despues de eso, entre sorbos de uno y otro vaso, no dejó de mirarme.
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